Por Alejandro M. Rodríguez V.

Todo momento histórico por el que pasa la sociedad, sea de crisis o de estabilidad, de victoria o derrota, lleva consigo una serie de historias ocultas, anécdotas, aprendizajes y una enorme carga emocional en las personas, quienes al final son los actores y protagonistas principales que viven en carne propia papeles de víctimas o héroes y solo esperan llegar al desenlace con vida.

El año 2020 es y será el año que todos recordaremos como el que grabó con cincel y martillo un momento en la historia de vida de cada uno de los habitantes de nuestra aldea global. Un hito trágicamente importante provocado por un microscópico virus que paralizó al mundo, lo puso de rodillas y cambió drásticamente el modo de vida, las costumbres cotidianas y llevó a muchos a la desesperación y al pánico de contagiarse, o a una crisis de dolor por la pérdida de un ser querido.

Cuando a finales de 2019 oímos que en una ciudad de China aparecía la nueva cepa de un raro coronavirus el pensamiento fue… “pobres chinitos”…, parecía ante los ojos del mundo y de todas las autoridades de organizaciones de la salud que sería un contagio local. Se veían chinos, viajeros por excelencia, por todos lados y nadie decía nada… A los pocos días aparecieron personas contagiadas en otros países de Asia y aún se lo veía lejano y localizado, hasta que alguno de ellos hizo que el virus llegará a Europa donde empezó una descontrolada expansión causando gran cantidad de contagios y sobre todo la muerte de miles de personas, sobre todo de adultos mayores.

Las cifras de contagios, muertes y países afectados aumentaban en una proyección matemáticamente lineal y nadie podía detenerla, tomando por sorpresa a los sistemas de salud que muy pronto se vieron rebasados. Los protocolos médicos se cambiaban a medida que se aprendía de los resultados obtenidos y de los fracasos clínicos, se empezó a segmentar a grupos etáreos de mayor riesgo. Aún así se lo veía muy lejano y con emoción y total despreocupación se festejó la Navidad y los deseos de un feliz Nuevo Año se mezclaron con brindis y alegría, mientras miles sufrían en Europa y Asia.

Nadie se imaginaba ni siquiera por un momento lo que sería el “veinte veinte”. Una cifra que nunca podremos olvidar, un año cabalístico que permanecerá en la memoria del colectivo humano global como el año del covid19, un diminuto virus que puso en vilo al mundo y lo detuvo en seco.

Nunca hubiéramos pensado ver grandes conglomerados humanos confinados en sus casas, calles de las grandes ciudades, vacías como si fueses fantasmas… el panorama se fue tornando apocalíptico, economías fuertes se venían abajo, empresas se declararon en quiebra. El mundo entero a partir de ese momento estuvo a merced de un virus conocido como SARS-CoV-2, nombre que nunca olvidaremos, porque llegó y por lo que parece, para quedarse.

Los líderes mundiales tomaron medidas drásticas para frenar la expansión de la pandemia, otros, tomaron el camino equivocado priorizando la economía frente a la vida y en ambas apuestas perdieron, ya que se elevaron las cifras de muertes e igualmente la economía se desmoronaba a pedazos.

El “famoso virus” llegó a Sudamérica… y prácticamente cercó a Bolivia, todos los países que nos rodean con contagios, menos nosotros. Fue el momento en el que la población entró en pánico… supermercados llenos, escasez de papel higiénico, que, aún no entiendo por qué, la gente cargaba en cantidades exageradas en sus carritos, el alcohol líquido y en gel desparecieron de todos los centros de venta, escalada de precios, especulación y obviamente, como siempre los que sufrían fueron los más pobres, los que se iban quedando desamparados. 

Cuándo se detectó el primer caso y los contagios empezaron a expandirse, se perdió la cordura, se atacaba a los enfermos de covid, las familias fueron estigmatizadas y acosadas socialmente hasta el punto de identificarlas publicando en redes sus nombres y las fotografías de las viviendas, pensando en que eso crearía una cierta protección sin saber lo que se venía por delante.

Empezó el encierro… se suspenden las actividades escolares y laborales, los trabajadores sin poder asistir a las fuentes de trabajo, los estudiantes y maestros improvisando para intentar continuar con las clases vía Internet, calles tomadas por policías y militares controlando a ciudadanos que pensaban que la pandemia era un invento, los hospitales empezaron a saturarse, los cementerios cerrados, médicos y trabajadores de la salud buscando maneras de combatir el avance del virus caían presas de la enfermedad, militares y policías contagiados, muchos de ellos perdieron la vida sirviendo a la población… Héroes anónimos que grabaron sus nombres en letras de oro y a los que Bolivia les debe mucho, Honor y Gloria a ellos además de nuestro eternoreconocimiento.

La rutina de todos cambiaría drásticamente, las noticias mostraban  a diario cuadros con cantidad de contagios y fallecidos y los números de una curva ascendente, progresiva e implacable vaticinaban que los guarismos alcanzarían en pocos meses los seis dígitos.

Nuestros grupos en redes sociales de las distintas plataformas, pasaron de ser comunicativos, amenos con sus graciosos memes, a llenarse de pedidos de donantes de plasma hiperinmune, muchos de ellos clamores desesperados.  Llegó un momento en el que los fallecidos eran los amigos cercanos, la familia, entonces el encierro fue más duro. 

Sumado al sedentarismo, la falta de acceso a alimentos, la incomunicación y el estrés la violencia intrafamiliar aumentaba, los niños que recibían las tareas por WhatsApp o por correo electrónico, los padres que tenían que imprimirlas, en muchos casos salir para hacerlo fuera de casa para cumplir lo requerido por profesores que desconociendo esta nueva modalidad hacían hasta lo inimaginable para continuar enseñando. Todos enloquecen entre cuatro paredes.

En estos momentos vividos, pudimos reconocer en las personas alrededor nuestro en su verdadera dimensión. Conocimos a los indiferentes, a los aprovechadores, a los solidarios, a los apáticos, a los empáticos, a los ecpáticos, a los intolerantes, a los verdaderos amigos y a los de conveniencia. Pero lo mejor de todo esto es que pudimos ponernos a prueba nosotros mismos, tuvimos la oportunidad y el tiempo para ver en nuestro interior cómo reaccionamos ante la crisis, ante la necesidad del otro, ante el dolor del otro y hoy es momento de hacer un alto, darnos vuelta, mirar atrás y ver qué hicimos mal y mejorarlo.

No podemos haber pasado por tanto sacrificio y permanecer iguales o peores, toda crisis es una oportunidad y creo que esta nos dio la mejor oportunidad de la vida, la de ser mejores personas, la de aprender en la humildad, a dar gracias a Dios por seguir vivos, por tener a nuestra familia reunida, porque nunca nos faltó alimento ni cobijo, ni una carcajada ni la llamada o mensaje de los amigos, o la visita clandestina del compinche quien, guardando la distancia,  vino a “echarse de menos” y a charlar un ratito.

Ahora que vamos avanzando hacia un post confinamiento y entraremos a una nueva normalidad nos preguntamos ¿qué haré luego de la pandemia? Quizá encontremos la respuesta luego de una pausa que permita encontrarnos a nosotros mismos y valorar que aprendimos a resistir sin dejarnos arrastrar por el miedo, que valoremos más lo poco o mucho que tenemos y que aprendamos a potenciar los lazos y afectos con los amigos y familia sin dejar cosas pendientes, porque nos pusimos a prueba y vimos lo frágiles que podemos ser ante un enemigo diminuto.  Hoy, más que nunca estos son los ingredientes indispensable para convertir esta crisis en una oportunidad de cambio y fortalecer, por lo menos a partir de nosotros, la construcción de una mejor sociedad.

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